
Montañas (1940, Colombia)
Acuarela
Débora Arango
MAMM
El cuerpo no quiere que hablen de él, el cuerpo quiere que le hablen. El cuerpo necesita tocar y ser tocado, necesita ser cuerpo, necesita hablar de él y de otras cosas que existen sólo si el cuerpo las escucha, las palpa, las mira, las huele, las penetra, las golpea, las empuja, las evita, las cata, las atrapa, las contempla, las sospecha. El cuerpo siente el abandono, sabe del (otro) cuerpo ausente. Soy mi cuerpo. Un cuerpo es una geografía, una aventura, un viaje anhelado, un desplazamiento posible.
El cuerpo no quiere ser postergado, la existencia no quiere ser postergada. Mi cuerpo existe a través del otro cuerpo que lo imagina. Eso pasa con mis muertos, con mis ausentes, existen a través de mi cuerpo que los imagina. El cuerpo está cansado de que lo aplacen, de que lo emplacen en redes electrónicas, en la telemática de los cuerpos. Está cansado de que lo nieguen, de que lo desoigan. Así el cuerpo se asusta y retrocede. El cuerpo siente miedo de otros cuerpos; el cuerpo se acuesta a dormir sus sueños incongruentes y espera que a la mañana siguiente otro cuerpo lo llame para conocer de la palabra que más le gusta: encuentro.